- ¿Qué necesidad tenías de hacer esto? Tus trenzas eran magnificas. 

Y cuando deshiciste las trenzas la última vez y te dejaste el pelo suelto… 

te quedó aún más magnífico, tan abundante, tan bonito.

-Este pelo tan abundante y bonito serviría si fuera a entrevistarme 

para cantante de coro en un grupo de jazz, 

pero para esta entrevista necesito ofrecer una imagen profesional,

 y profesional equivale a lacio, y si fuera rizado, 

tendría que ser un rizado de mujer blanca, con rizos sueltos o,

 en el peor de los casos, bucles, pero nunca crespo.  

Americanah, Chimamanda Ngozi Adiche.

 

Ustedes recordaran a la adolescente sudafricana Zulaikha Pater, quien días atrás se manifestó en su colegio por las rígidas normas que se les impuso a las estudiantes negras en sus cabelleras. Bajo la sentencia de no ir con “excéntricos peinados”, ellas tenían que alisar su cabello. Ella se resistió y gracias a esa lucha que se hizo viral, el colegio dejó esa norma neocolonizadora. El caso de Zulaikha me hizo pensar que desobedecer esa “norma” sí fue una lucha de justicia social a su historia (ratificó que el Apartheid ya terminó), a las mujeres sudafricanas, africanas y de herencia africana a lo largo del mundo; también resignificó el feminismo de la negritud, y nos invitó a la sororidad. Ella denuncio una construcción ideológica que sostiene un mercado impuesto a las mujeres de color para blanquearnos y así, alcanzar la belleza universal; mercado que tiene grandes inversiones y ganancias, sobre todo cuando los productos se anuncian como naturales u orgánicos. 

Puedo entender la lucha de nuestra hermana sudafricana porque me ha tocado acompañar a amigas afro en “resistencia” con sus cabelleras, e incluso los cambios en mi cabellera hablan de mi propia descolonización. Una de las cosas que el feminismo nos ha permitido es reflexionar sobre nuestros propios cuerpos y desmontar en nosotras mismas ideas universales que nos violentan. Quienes históricamente cargamos en nuestro color de piel, en nuestro cuerpo, en nuestro aspecto físico y en nuestras cabelleras las contradicciones del mestizaje, somos el blanco perfecto de campañas de colonización cultural. A lo largo de nuestra historia, occidente nos impuso imágenes y representaciones de la belleza femenina. Aunque sabemos hoy día que Lucy o la Venus del Nilo no eran como las esculturas de las diosas griegas-romanas, cultural e ideológicamente se nos impuso un modelo que a la fecha permanece: el ideal de la mujer delgada, blanca, de piel firme y brillante; mujeres con cabelleras largas abundantes hasta la cintura, cabellos delgados y brillantes. Y así es cómo también ideológicamente se ha definido el eterno femenino. Un eterno femenino que los medios de comunicación y la cultura de masas neoliberales difunden a todo lo que da para meternos diariamente productos que nos harán lucir “más bellas”. Mercantilismo, racismo, neocolonización y estereotipos libramos hoy en nuestras cabelleras. 

Personalmente cuando tomó la decisión de algo trascendental cortó mi cabello: es una forma de protesta, de cambio y de cierre de ciclos. Desde la adolescencia y contra todo mandato en la casa y la iglesia, me corté el cabello como hombre y lo peinaba en mechas. Conforme avance en mi vida, lo fui manteniendo corto con diferentes looks hasta dar hoy con mi look: debajo de las orejas y con un mechón rojo al frente. Así me gusta, así me gusto. Sin más ciencia y explicación ese corte y color, ya son parte de mi personalidad y he decido que así me quedaré. Mientras yo vivía ese proceso de no dar a nadie explicación por mi look, hace un año estaba leyendo el libro Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche. Su protagonista es Ifemelu, una chica nigeriana que logra ganar una beca en una universidad americana para estudiar comunicación, pero sus preocupaciones por la negritud, las mujeres africanas y su relación con la población afrodescendiente, y los estereotipos alrededor de ello, le llevan a escribir un blog, siendo el cabello afro uno de los temas más polémicos. 

 

Fue a través de Americanah que conocí como las mujeres afro han sacrificado sus cabelleras a lo largo de su historia en occidente: en la esclavitud les rapaban porque el afro era sinónimo de suciedad, en las colonizaciones porque eran portadoras de “enfermedades”, y en los procesos de emancipación porque se les impuso, como a todas las mujeres, el ideal de belleza blanca. Americanah, entre otras cosas, es un retrato de la larga lucha que nuestras sisters libran en sus cabelleras: de peines de hierro calientes para alaciar pequeños afros, pasando por el uso de pelucas y extensiones para dar abundancia e imagen de salud, o bien someterlo a tratamientos con keratinas para asegurar que ni lluvia ni frio harán sacar el rizo rebelde. Y nuestras hermanas afrolatinoamericanas también libran sus propias batallas, como Lissett Govin, quien en el blog Afrofeminas, narra su experiencia (“De estiramientos estoy harta”, https://afrofeminas.com/2016/09/10/de-estiramientos-estoy-harta/) 

 

Finalmente quiero recordar un legado. Los movimientos de liberación feministas en las décadas de los 60´s y 70´s coincidieron en señalar que los cuerpos de las mujeres eran campos de batalla y había que liberarlos de todas las presiones sociales, culturales, corporales y religiosas que se nos habían asignado. Fue el feminismo negro norteamericano (black feminist), a través del análisis interseccional, que consideró elementales las categorías de raza, clase social y sexismo para entender la opresión y colonización que, en ese caso, las mujeres afroamericanas vivían al interior de los Estados Unidos. Al tomar conciencia de su condición de exclusión, teóricas y activistas como Angela Davis, bell hooks, Andreu Lorde y mujeres afiliadas al Partido de las Panteras Negras o que se identificaron con el black power, comenzaron a usar como símbolo de lucha, resistencia y descolonización el cabello afro. Así como las feministas blancas usaban su largo cabello sin alinear, al estilo Janis Joplin, como símbolo de rebeldía a la cultura de la supremacía cultural blanca patriarcal, las asiáticas no lo alisaban más, y las chicanas, ya muy entrados los años 80´s, comenzaron a cortarlo, destrenzarlo y dejar caer a los hombros las matas de cabello quebrado. Hoy, con los diversos feminismos, hay diversas cabelleras y experiencias de resistencia-descolonización, pero también constantes acechos a volver a sostener el eterno femenino. Por eso creo que nuestras cabelleras son un poderoso símbolo donde se libran batallas que a veces ni las cuestionamos.  

 

Autoras

Aureliana es una mujer que pasa sus días armando rompecabezas y buscándolos. Quiere resolver el mundo. Quiere eliminar cualquier tipo de jerarquía que esclavice.

Aureliana

Artista visual que escribe cuando el mundo de mierda se le viene encima.

Betza Violencia

Mujer, feminista, psicóloga clínica y psicodramatista en formación, busca en su trabajo la vinculación del Arte, herramienta que permite puentes entre la razón, la emoción, el mundo interno y el que puede ser exteriorizado en la creación humana. Actualmente trabaja en el Centro de Atención Psicológica, Arte y Consultoría como psicoterapeuta y en la creación de proyectos artísticos con enfoque terapéutico.

Eliza Tabares

(Estado de México, 1992) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Decimonónica. Apasionada. Feminista porque no hay otro modo de ser, otro modo de ser human@ y libre.

Estefania

Lidice Villanueva

Magally Gallegos

Ninde

Noyola