En distintas épocas y culturas se ha representado al llanto de las mujeres como resultado de un  dolor por y para el otro, como consecuencia se tiene un legado artístico que ilustra distintas historias protagonizadas por memorables figuras. Entre los personajes que destacan  se encuentra Penélope, la fiel esposa que aguarda a Odiseo y cuando éste arriba a Ítaca, luego de veinte años fuera, la amada no repara en detener sus lágrimas. También se encuentra María Magdalena quien da de beber a Jesús en el calvario, se postra ante la crucifixión y lo encuentra el día de la resurrección, hasta hoy nos llega el dolor de esta mujer y su llanto, incluso su nombre se le relaciona con el desconsuelo. Un caso nacional es la pintora Frida Kahlo, quien a lo largo de su vida retrató a una mujer dolida por su pareja y sus enfermedades.

Con todos estos casos, pareciera que el llanto se coloca como una característica inherente de las mujeres, símbolo del padecimiento de ser madre, esposa, amante e hija. Resultado de amar y no ser correspondida, efecto de darse y ser para el otro, pero  ¿las mujeres sólo podemos dolernos por el hombre? Además, ¿de verdad el llanto sólo representa dolor? Estoy segura que hay más de un motivo por el que lloramos las mujeres y que hay distintos tipos de llantos, por lo que emprendo este tema, sin embargo, hoy no vengo a renunciar a este derecho, sino a reivindicarlo en su justa medida.

Producto de investigaciones se ha planteado que las emociones son aprendidas, de modo que en una sociedad donde las relaciones de género priman en todos los espacios, las emociones también forman parte de una respuesta ante la dominación masculina, por lo que la mujer debe llorar cuando un hombre parte, la deja y no cumple con las promesas y el amor idealizado. Es decir, socialmente las lágrimas son parte de la desolación de las mujeres, pero ante mi convicción de cuestionar las estructuras de poder, apelo al llanto por y para una misma, por la desgracia y lucha del otro, por lo que como humanidad hemos hecho, y lo que aún nos falta.

A lo largo de mi vida he tenido distintos tipos de llantos. Está el sollozo que me sale cuando veo o escucho algo que me llena el alma: una película, una madre o padre que carga a su hija, un anciano con una sonrisa o una noticia que me regocija; hay otro llanto que nace en mi estómago, ocasionado generalmente por un sentimiento de injusticia, en el momento que lo vivo me esfuerzo por detener las lágrimas, sin embargo, no lo logro pues la rabia también se vive con llanto. Asimismo, he encarado otra forma de llorar y es cuando me siento herida y preocupada, en este caso generalmente me acompaña una respiración constante. Por último, se encuentra el llanto que he vivido en contadas ocasiones en mi vida, y es cuando me sucede una desgracia. En las ocasiones que ha llegado, afronto un dolor punzante en mi pecho que no me deja, que me lastima si me muevo, la respiración se me corta y es como si por un momento me quedara ciega y me ahogara. Lo único coincidente entre todos estos llantos es que después de cada uno siento una especie de recuerdo que me lleva a mi infancia cuando me tropezaba y caía al piso, me raspaba la rodilla y aun así me levantaba y seguía.

En más de una ocasión padecí vergüenza por llorar, por sentirme observada y encasillada en mi papel tradicional de mujer, pero ni aun así dejé las lágrimas, no por voluntad, sino porque era una puerta necesaria por la que tenía que atravesar. He llorado en el salón de clases, tumbada en mi cama, en el metro, en el parque, en una cafetería, en la calle. Sola, frente a mi madre, a mi padre, hermanos, amigos, pareja, desconocidos. Más de uno me tachará de frágil porque al llanto no se le quiere, se le niega y se le censura, pues se ve únicamente para los débiles, para quienes no se controlan y para los desdichados, sin embargo, el llanto es un estado que nos humaniza, nos limpia, refresca y nos hace caminar, y a mí me ha hecho seguir.

A veces me detengo y me pregunto si con todos los cambios que vivimos las mujeres, en esta re construcción del género, se nos impedirá llorar, como si al igual que los hombres tendremos que renunciar a nuestro derecho de llorar, pero no lo acepto. Me niego a abandonar un estado que me humaniza, que me recuerda, tumbada en cualquier sitio, que ni los muros aguantan tanto y que no lloro por un amor destructivo que me han vendido y del que me han dicho que tengo que vivir. No. Lloro para mí, ya sea por rabia, dolor, dicha y por lo trágica y épica que es la vida.

Pienso que si no pudiera llorar, terminaría vomitando piedras, flores, o me saldrían de la boca miles de diminutas aves que me picarían insistentemente el estómago. Por suerte, tengo la capacidad de llorar y de sentirme digna cuando lo hago. 

Autoras

Aureliana es una mujer que pasa sus días armando rompecabezas y buscándolos. Quiere resolver el mundo. Quiere eliminar cualquier tipo de jerarquía que esclavice.

Aureliana

Artista visual que escribe cuando el mundo de mierda se le viene encima.

Betza Violencia

Mujer, feminista, psicóloga clínica y psicodramatista en formación, busca en su trabajo la vinculación del Arte, herramienta que permite puentes entre la razón, la emoción, el mundo interno y el que puede ser exteriorizado en la creación humana. Actualmente trabaja en el Centro de Atención Psicológica, Arte y Consultoría como psicoterapeuta y en la creación de proyectos artísticos con enfoque terapéutico.

Eliza Tabares

(Estado de México, 1992) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Decimonónica. Apasionada. Feminista porque no hay otro modo de ser, otro modo de ser human@ y libre.

Estefania

Lidice Villanueva

Magally Gallegos

Ninde

Noyola